La interna del peronismo volvió a exhibir este fin de semana un rasgo que atraviesa su historia desde hace décadas: el movimiento rara vez se ordena por acuerdos doctrinarios, sino por relaciones de poder. Y, al menos por ahora, el poder en el principal territorio peronista del país tiene un nombre claro: Axel Kicillof.
Las elecciones internas del Partido Justicialista bonaerense dejaron un resultado que, sin ser formalmente un plebiscito, operó como tal. El Movimiento Derecho al Futuro (MDF) que lidera el gobernador se impuso con claridad en buena parte de los distritos en disputa y relegó a La Cámpora, el espacio que responde a Máximo Kirchner y al liderazgo histórico de Cristina Fernández de Kirchner.
El kicillofismo ganó en Balcarce, Junín, Lincoln, Lobería, Morón, Roque Pérez, Saladillo, San Antonio de Areco, San Nicolás y Zárate, consolidando un mapa territorial favorable en distintos puntos de la provincia. Del otro lado, La Cámpora logró imponerse en Coronel Suárez, General Pueyrredón, Magdalena y Tres de Febrero, mientras que Tornquist quedó en manos de otro sector interno del peronismo. El caso de San Miguel quedó dentro de una disputa que refleja la fragmentación local del justicialismo.
En términos estrictamente partidarios se trató de una contienda menor: apenas un puñado de municipios y renovación de autoridades distritales. Pero en política las señales importan más que los reglamentos. Y la señal es evidente: el kicillofismo consolidó su hegemonía en el peronismo bonaerense, el único territorio donde el movimiento mantiene todavía un poder institucional robusto. Ese dato explica por qué, en los pasillos de la política, nadie interpreta estos resultados como una simple elección partidaria. Se los lee como el primer capítulo de la carrera presidencial hacia 2027.
El poder territorial
Kicillof llega a esta instancia con una ventaja estructural que ningún otro dirigente peronista posee hoy: el control del territorio. El MDF, el espacio que lanzó para sostener su propio armado político, reúne decenas de intendentes y legisladores bonaerenses y se convirtió rápidamente en la principal corriente interna del peronismo provincial.
Ese entramado territorial es clave. En la política argentina el poder se construye de abajo hacia arriba. Y el gobernador bonaerense logró algo que pocos dirigentes habían conseguido en los últimos años: alinear a buena parte de los intendentes del conurbano y del interior provincial detrás de su liderazgo.
Con esa base asegurada, el próximo movimiento está claro. A partir de abril, según anticipan distintos dirigentes del espacio, Kicillof comenzará a recorrer el país con mayor intensidad, en una gira política destinada a tender puentes con gobernadores y dirigentes del interior.
El objetivo es doble. Primero, consolidar el respaldo de los mandatarios provinciales que hoy se mantienen en una oposición clara al gobierno de Javier Milei. Y luego, lentamente, tentar a aquellos que todavía prefieren mantener una relación pragmática con la Casa Rosada. La lógica es simple: sin un liderazgo nacional claro, el peronismo necesita un candidato competitivo para 2027, y Kicillof intenta posicionarse como esa figura.
La Cámpora: resistencia y repliegue
En el otro extremo de la interna, La Cámpora atraviesa un momento complejo. Durante años fue la principal estructura política del kirchnerismo, con presencia en organismos del Estado, legislaturas y municipios. Pero hoy enfrenta dos problemas simultáneos.
El primero es político: la pérdida de centralidad dentro del propio peronismo. Los resultados de las internas muestran que el kirchnerismo duro ya no controla la estructura territorial del partido.
El segundo es simbólico. La figura que durante dos décadas ordenó el espacio, Cristina Fernández de Kirchner, vuelve a quedar en el centro de la escena pública por su frente judicial. La imagen de la expresidenta declarando en Comodoro Py alimenta la épica de resistencia entre los sectores más militantes, pero genera rechazo en amplios sectores del electorado. En ese contexto, La Cámpora queda atrapada en una tensión difícil de resolver: resistir o adaptarse.
El tercer peronismo
Mientras tanto, en los márgenes del conflicto principal comienza a reagruparse un tercer espacio peronista, pequeño pero persistente. Es el sector que intenta reconstruir una identidad productivista, distante tanto del asistencialismo kirchnerista como del ideario libertario que propone Javier Milei.
En ese universo aparecen figuras como Miguel Ángel Pichetto y Guillermo Moreno, viejos expulsados del kirchnerismo que hoy vuelven a orbitar alrededor del peronismo tradicional. Cristina Kirchner los recibe ocasionalmente en su departamento de San José 1111, aunque casi siempre bajo una regla implícita: sin fotos.
Se trata de un intento de reconstruir una tropa política propia en un momento en que el kirchnerismo se encuentra debilitado. Pero, por ahora, ese espacio carece de algo esencial en política: impacto electoral comprobado.
El equilibrio de Kicillof
En medio de ese tablero fragmentado, Kicillof avanza con cautela. El gobernador sabe que su proyecto presidencial depende de un delicado equilibrio: afirmar su liderazgo sin romper definitivamente con el kirchnerismo. Por eso, el movimiento que propone es más sutil que rupturista. No busca expulsar a La Cámpora ni disputar frontalmente el legado de Cristina. Prefiere algo más pragmático: reordenar el peronismo desde el poder territorial.
La historia del movimiento justicialista demuestra que, tarde o temprano, el liderazgo termina acomodándose detrás de quien controla el poder real. Y hoy ese poder se concentra en la provincia de Buenos Aires.
Si la política argentina mantiene su lógica histórica, el mensaje de las urnas internas de este fin de semana podría ser el primer indicio de un cambio de ciclo: el inicio de la era Kicillof dentro del peronismo. Pero el gobernador lo sabe mejor que nadie: para llegar a la Casa Rosada en 2027 necesitará algo más que ganar una interna. Necesitará unificar a un movimiento que vive de sus divisiones.
