Un análisis plantea que la falta de competitividad de la industria local responde a distorsiones estructurales y sobrecostos, más que a una supuesta ineficiencia empresarial.
En el debate económico actual, se ha instalado la idea de que la Argentina desarrolló durante años sectores «artificiales», sostenidos por protección e inflación, y que la estabilización actual simplemente revela su falta de competitividad. Sin embargo, un análisis alternativo sostiene que la explicación es diferente: no hubo una economía sobredimensionada, sino una economía profundamente distorsionada.
Según esta perspectiva, en los últimos quince años el país no atravesó un proceso de expansión productiva con excesos a corregir. Lo que existió fue un sistema de precios alterado de manera persistente, donde producir no reflejaba los costos reales de eficiencia, sino el impacto acumulado de distorsiones estructurales. Entre ellas, se destacan una presión impositiva muy elevada, costos financieros extremos en un contexto de escasez de crédito, ineficiencias logísticas, regulaciones que agregaron rigidez y una inflación persistente que alteró el cálculo económico.
Estos factores, se argumenta, no son secundarios: explican por qué muchas actividades que podrían ser competitivas en condiciones normales hoy no lo son. La Argentina tendría una economía que operó durante años con sobrecostos estructurales, dejando como consecuencias el estancamiento, la caída del PBI per cápita y la baja inversión.
Los datos sectoriales parecen mostrar esta tendencia. Por ejemplo, la producción automotriz, el cemento y el acero se ubican hoy por debajo de los niveles de 2011, y a nivel general la industria está estancada desde hace 15 años. Desde este punto de vista, no hubo sectores ganadores, sino empresas que sobrevivieron en un contexto adverso, destinando gran parte de sus recursos a compensar incongruencias del sistema.
El problema central, se señala, es que la competitividad no depende únicamente de las empresas, sino del entorno en el que operan. Y en la Argentina, ese entorno habría encarecido sistemáticamente la producción. Por ello, atribuir la falta de competitividad a una supuesta ineficiencia empresarial conduciría a diagnósticos incompletos.
La industria, según este análisis, pide competir con reglas y costos comparables a nivel global, porque la competitividad es sistémica. Integrarse al mundo se considera el camino necesario, pero se enfatiza que la secuencia en la que se implementa es determinante. Abrir la economía sin corregir las distorsiones, se advierte, genera competencia desigual y puede impedir que sectores con potencial competitivo se adapten a tiempo.
El desafío, en conclusión, no sería achicar la economía, sino reducir el costo del sistema que la hace inviable. Si se corrigieran estas distorsiones, se sostiene, la industria argentina podría transformarse de una sobreviviente en una de las principales soluciones para el desarrollo del país.
