Pequeños rollos de manteca que evocan vacaciones familiares, hoteles sindicales y bodegones de barrio. Un gesto mínimo que vuelve a aparecer en algunas mesas porteñas.
Si hay rulo de manteca, hay recuerdos. Un platito con cuatro pequeños rollos blancos y perfectos puede abrir un mapa entero: el hotel sindical de La Falda, el olor a café con leche que venía por dos caños —el café por uno, la leche por otro—, el Chevrolet blanco con techo de vinilo negro cruzando la ruta y haciendo de cada viaje una novela familiar de dos semanas. Era lo que entonces duraban las vacaciones.
Entré el otro día a un restaurante clásico, a metros del Teatro Colón, y el mozo dejó el platito junto a la panera, como quien devuelve una reliquia a su lugar. Fue un cortocircuito: en un segundo estaba en Buenos Aires y al siguiente en Córdoba. ¿Por qué dejaron de servirlos? ¿En qué momento empezamos a perder esos pequeños rituales? Esta columna podría ser una carta a la memoria que enrollan esos rulos, capaces de devolvernos a un almuerzo en familia cuando los pies todavía no nos llegaban al piso, a un viaje, a un bodegón de barrio. Porque en la cocina, como en la memoria, lo que se resiste a desaparecer pide ser contado.
Hubo un tiempo en que los rulos de manteca eran parte del paisaje. Durante buena parte del siglo XX habitaron hoteles, bares y mesas largas con mantel; eran un gesto mínimo y, a la vez, una forma de hospitalidad. Después llegaron las normas más estrictas, la obsesión por la porción exacta, el cálculo del desperdicio, la industria del envase individual. Los sobrecitos desangelados. El fin de la ceremonia compartida. Y, sin embargo, algo queda. A veces aparece en voz baja: en el platito que llega sin aviso, en un mozo cómplice, en un lugar que no se entrega del todo a la época. Encontrarlos hoy tiene algo de resistencia mínima, una alegría casi contracultural.
También hay algo de revancha secreta en esa forma enrollada. Hubo años —los de la Belle Époque y los “años locos”— en que los argentinos de apellido largo hicieron del exceso una postal. En París, uno de ellos empezó a tirar estos rollitos al techo como si el mundo fuera inagotable. De ese gesto quedó la frase y el mito, asociado para siempre a Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué. Tirar manteca al techo: gastar sin medida, vivir como si no hubiera mañana. Curioso destino el de esos rulos: de escándalo a nostalgia. Hoy conmueve verlos en la mesa de un restaurante porteño. Son detalles que nos desarman. Tienen algo de esos gestos que llegan sin avisar: como recibir una flor silvestre en el momento exacto, cuando uno no sabía que la necesitaba.
Oscar Wilde escribió que los placeres simples son el último refugio de lo complejo. Conviene hacerle caso. Volver a poner los rulos sobre la mesa —aunque sea de vez en cuando— no va a cambiar el mundo, pero puede devolverle algo de su simpleza. O al menos hacernos dudar, por un instante, de cuándo fue que la perdimos.
