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Entrenar fuerza en la tercera edad: clave para la longevidad y la autonomía

El entrenamiento de fuerza ya no es solo para jóvenes. Cada vez más personas mayores buscan mejorar su calidad de vida a través del ejercicio adaptado, con el objetivo de ganar autonomía y prevenir enfermedades.

La idea de que el entrenamiento de fuerza es exclusivo de jóvenes quedó atrás frente a una realidad cada vez más visible: las personas mayores buscan moverse mejor, ganar autonomía y sentirse activas. En ese contexto, el ejercicio deja de ser una cuestión estética para transformarse en una herramienta clave de bienestar.

El foco ya no está en levantar grandes pesos, sino en sostener la calidad de vida a lo largo del tiempo. En paralelo, crece la demanda de programas personalizados para mayores de 60 años, impulsada tanto por iniciativa propia como por familiares que detectan pérdida de movilidad o dolores persistentes. Esta tendencia marca un cambio cultural: el envejecimiento activo empieza a consolidarse como objetivo y el entrenamiento se adapta a cada cuerpo, historia clínica y nivel de capacidad.

El entrenador personal Oriol Simó, especializado en población sénior, sostiene que uno de los principales mitos es asociar la fuerza con exigencias extremas. “Entrenar la fuerza no significa mover 100 kilos, puede ser simplemente trabajar con tu propio peso”, afirma. Desde su experiencia, el eje está en la adaptación: “Hay que tener en cuenta que todo debe ajustarse a cada persona”.

Con formación en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y múltiples especializaciones, Simó lleva más de seis años enfocado en este grupo etario. Según explica, la demanda no deja de crecer: “Cada vez más personas se interesan en entrenar para tener mejor calidad de vida”. Incluso, remarca, muchas veces son los hijos quienes impulsan el cambio al notar limitaciones físicas en sus padres.

Su enfoque parte de una evaluación inicial: “Hacemos pruebas físicas para ver cómo están, su movilidad, si pueden agacharse o no”. A partir de ese diagnóstico, diseña rutinas que contemplan patologías frecuentes como artrosis, osteoporosis o hipertensión. En ese sentido, destaca el trabajo interdisciplinario: “Siempre que hace falta, hablamos con un fisioterapeuta o un médico, con el objetivo de prevenir que los usuarios se hagan daño”.

Sobre los beneficios, es contundente: “Les va a dar mucha más energía, sentirse mejor y tener menos dolores”. Además, vincula el entrenamiento de fuerza con la prevención de enfermedades: “Es clave para la sarcopenia, la osteoporosis o incluso el Alzheimer”. Para Simó, el impacto es integral: mejora la autonomía, el estado de ánimo y la seguridad en la vida cotidiana.

El especialista insiste en que nunca es tarde para empezar. “No es necesario haber hecho ejercicio antes, para nada. Lo importante es empezar, sea con 60, 70 u 80”, señala. Y refuerza una idea central: “Lo importante no es cómo empiecen, sino cómo progresan”. En cuanto a la práctica, prioriza ejercicios funcionales: movilidad articular, fortalecimiento del core y movimientos como sentadillas o planchas, siempre adaptados. “Lo que buscamos es que la persona tenga la máxima movilidad para no lesionarse. El movimiento es vida”, resume.

La constancia aparece como otro pilar. “Es la clave del éxito”, afirma, aunque advierte sobre excesos: “Un día a la semana ya genera cambios, pero lo ideal son dos o tres sesiones”. El objetivo, explica, es sostener en el tiempo una rutina que no resulte frustrante.

También identifica barreras psicológicas frecuentes. “Hay gente que cree que no es para ellos o que no les va a servir”, cuenta. Sin embargo, observa un cambio claro: “Una vez empiezan, siempre acaban con una sonrisa”. Para lograrlo, apela a la cercanía: “Hay que tratarlos como si fueran nuestros padres o abuelos, con empatía y escucha”.

Finalmente, subraya el rol de la actitud en el envejecimiento activo. “Si la persona es negativa, se limita mucho más”, advierte. Por eso, considera que el vínculo es tan importante como el ejercicio: “Cuando confían, rinden mucho más”.

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