Los planes de múltiples naciones para establecer bases permanentes en la Luna, especialmente en los polos, enfrentan un marco legal internacional que no contempla la ocupación prolongada ni la extracción de recursos, generando incertidumbre sobre su aplicación.
La creciente competencia por establecer una presencia permanente en la Luna, impulsada por programas como el estadounidense Artemis y el chino-ruso ILRS, está poniendo a prueba el marco legal internacional que rige las actividades en el espacio ultraterrestre. El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, firmado durante la Guerra Fría, sigue siendo el documento fundamental, pero sus disposiciones presentan ambigüedades frente a los nuevos escenarios de exploración.
El artículo II del tratado establece de manera terminante que «el espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso ni de ninguna otra manera». Sin embargo, otros artículos del mismo documento garantizan la libertad de exploración, utilización y acceso a todas las regiones de los cuerpos celestes, y permiten a los Estados retener jurisdicción y control sobre los objetos que lancen al espacio.
Esta estructura legal, diseñada para misiones de corta duración como las del programa Apolo, no contempla explícitamente situaciones como la instalación de bases de operaciones a largo plazo, la minería de recursos lunares o la posibilidad de que dos o más naciones compitan por los mismos sitios estratégicos. Lugares como los bordes de cráteres en el polo sur lunar son de especial interés debido a su acceso potencial a depósitos de hielo (agua y combustible) y a luz solar casi permanente para energía.
Actualmente, no existe una autoridad internacional que regule u otorgue permisos para la ocupación de sitios específicos en la Luna. Esto plantea interrogantes prácticas: si una nación establece una base en un lugar estratégico, ¿qué derechos tienen otras para operar en las inmediaciones? Los Acuerdos Artemis, impulsados por Estados Unidos y firmados por decenas de países, buscan establecer principios de cooperación, pero no son un tratado universal y no han sido suscritos por potencias como China o Rusia.
La comunidad internacional observa cómo esta nueva etapa de exploración lunar, con objetivos de permanencia y utilización de recursos, desarrollará una interpretación operativa de un tratado que cumple casi seis décadas, en un contexto tecnológico y geopolítico radicalmente distinto al de su creación.
