Un análisis del impacto de la inteligencia artificial generativa en Argentina revela que cerca del 30% de los empleos podría verse afectado, con oportunidades tanto para trabajadores calificados como para los de menor especialización.
En uno de los libros más emblemáticos del siglo pasado, Cien años de soledad, Gabriel García Márquez describe la llegada de nuevas tecnologías al remoto Macondo como un momento de asombro y desconcierto: innovaciones que parecían magia y, al mismo tiempo, la sospecha de que todo podía ser un gran fiasco. Algo de ese realismo mágico se vive hoy frente a la Inteligencia Artificial Generativa (IAG).
Con la capacidad de expresar el lenguaje en forma de bits —la base del mundo digital—, todo lo dicho o escrito se convierte en un conjunto de datos manipulables estadísticamente. Entrenados sobre volúmenes masivos de estos datos, los modelos actuales de IAG producen textos, imágenes, audio y video con rapidez y calidad sorprendentes. El impacto en los mercados laborales es profundo.
En el corto plazo, la IAG puede realizar un amplio conjunto de tareas intensivas en conocimiento que hoy realizan las personas, desde resumir el corpus de conocimiento actual sobre casi cualquier tema hasta asistir a una médica en el análisis de estudios clínicos. ¿Cuál es el nuevo esquema de co-inteligencia entre máquinas y personas que está emergiendo?
Según la edición 2026 del Atlas de trabajos del futuro. Diez años de transformación en América Latina y el Caribe, el impacto directo de la IA generativa en el mercado laboral argentino es significativo: cercano al 30%. En términos agregados, algo más de uno de cada cinco empleos podría impulsar su productividad gracias a estas tecnologías, mientras que aproximadamente uno de cada diez realiza tareas que compiten con la IAG. Todos ellos son trabajos de calificación media y alta, concentrados en servicios profesionales y técnicos, particularmente los que emplean a mujeres.
Además, hay un efecto indirecto que no capturan las metodologías más difundidas: el impacto de la IAG en los trabajos poco especializados, de calificación media y baja. En Argentina abundan los trabajos “toderos”, en los que una misma persona debe hacer tareas de contabilidad, marketing, planificación y diseño. La baja especialización indica que las oportunidades de adopción tecnológica pueden ser mayores de lo que sugieren las mediciones convencionales.
En línea con esta hipótesis, un experimento aleatorizado con más de 1100 participantes, realizado junto a investigadores del Centro de Estudios Distributivos y Sociales (Cedlas) y las universidades de San Andrés, Di Tella y Maryland, sugiere que la IAG tiende a reducir las diferencias de productividad al relajar restricciones de conocimiento para los trabajadores de menor nivel educativo.
La IAG representa entonces una ventana de oportunidad no solo para profesionales y técnicos, sino también para los trabajadores ubicados más abajo en la escala de ingresos y calificaciones. Como en aquellas primeras páginas de Cien años de soledad, la irrupción de lo nuevo puede producir asombro y fascinación. Esta vez toca trabajar activamente para acercar la frontera de innovación a las condiciones de nuestros mercados de trabajo.
