El presidente Javier Milei recibió un doctorado Honoris Causa en la Universidad Bar Ilan de Israel. Durante su discurso, volvió a sus fuentes anarcocapitalistas y generó controversia al referirse a su cargo como «negocio». El viaje coincidió con la visita del magnate Peter Thiel a Buenos Aires.
Esta semana, el presidente Javier Milei recibió un doctorado Honoris Causa en la Universidad Bar Ilan de Israel. Durante su discurso, que combinó referencias doctrinarias del anarcocapitalismo y una lectura particular de la Biblia, realizó una afirmación que generó debate: “Igual quién es el dueño del dedo para decir cómo debería ser ese mundo, ¿no? Pero más allá de eso, el eje central es: a mí como economista profesional, en mi otra vida, por decirlo de alguna manera, porque ahora me dedico a otro negocio…”. La definición de la Presidencia como un “negocio” llamó la atención, en un contexto marcado por los casos $Libras, Adornis y Andis.
El discurso de Milei fue doctrinario y, después de mucho tiempo, volvió sobre su base anarcocapitalista. Lo hizo con énfasis, citando a Hans-Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto, Hayek y Benegas Lynch. El Presidente sabía que a su regreso se encontraría con Peter Thiel, el líder de Palantir, quien está en Buenos Aires y se reunió con Milei esta misma semana. Thiel, que compró una mansión de 12 millones de dólares en Barrio Parque, expresó su interés en conocer “in situ” cómo es un gobierno anarcolibertario.
Thiel es considerado uno de los pensadores más activos del ultraconservadurismo global. Su empresa Palantir, cofundada con Alex Karp, publicó un manifiesto polémico sobre el rol de la IA en las guerras futuras y la necesidad de un megapoder para ejecutar ciertas políticas. Thiel también ha escrito desde una perspectiva teológica, acusando a movimientos ecologistas y progresistas de ser manifestaciones del anticristo. Es el principal promotor del candidato republicano JD Vance y se inspira en pensadores como René Girard, Carl Schmitt y Leo Strauss.
Durante su viaje, Milei también habló de la incompatibilidad de la cultura “judeocristiana” con otras, afirmando que es imposible la convivencia con quienes “quieren matarnos”.
