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Vicente López: 120 años de historia de una panadería que se convirtió en ícono de Zona Norte

Desde 1905, la panadería Vicente López es un emblema del barrio de Florida, en Zona Norte. Dos familias de inmigrantes españoles marcaron su evolución, que hoy incluye un restaurante clásico.

Su nombre lo dice todo. La Vicente López ha visto, desde 1905, crecer al barrio a su alrededor. La foto que domina el salón de su restaurante en la esquina de Maipú y Las Heras, en Florida, da cuenta del paisaje y de su evolución. Allí se ven las carretas de la “panadería y facturería” en el frente bajo del local; donde hoy hay edificios, antes no había nada. Entonces todo estaba por hacerse.

Dos familias de inmigrantes españoles se sucedieron a lo largo de estos 120 años. Primero fueron los Val: Don Ramón Val abrió la panadería en 1905, luego le siguió detrás del mostrador su hijo. Cincuenta años más tarde, en 1955, otra familia de españoles, los Pombo, tomaron la posta de este emblema del barrio. Baldomero Pombo y su esposa Concepción continuaron con la elaboración artesanal de pan, y luego siguieron sus hijos, Celia y José; después, sus nietos.

“Desde siempre nos dedicamos a la panadería, pero con el tiempo eso se empezó a perfeccionar y el lugar pasó a ser una confitería. De hecho lo que menos se vende hoy es pan: las medialunas o los triples de miga son un emblema. Luego se sumó el restaurante, que abrió con la idea de ser un barcito pero que, a pedido de los clientes, se convirtió en un local que abre para el desayuno y sigue hasta la cena”, cuenta Darío Pombo, tercera generación, que unos meses antes de la crisis de 2001 se aventuró con la apertura del restaurante, hoy ya un clásico del barrio.

Darío relata la historia familiar: “En 1955, los Val, que habían abierto la Vicente López en 1905, se la vendieron a mis abuelos, que habían venido a la Argentina en el 35 con una mano atrás y otra adelante, como la mayoría de los inmigrantes españoles. Ellos escapaban de la hambruna de la guerra civil y acá hicieron trabajos de todo tipo. Mi abuela era ama de llaves, mi abuelo jardinero. Era gente que venía de vivir en el campo. En Lugo, la casa familiar era un molino, entonces vendían el servicio de molino al resto de los campos que estaban cerca. Cuando empezó esto de viajar a América se metían dentro de un barco y el destino podía ser cualquier lado. En realidad ellos iban a Estados Unidos, pero terminaron en la Argentina.”

“Ellos vinieron sin los hijos. Mi tía y mi papá quedaron al cuidado de su familia, uno con la parte paterna, otro con la materna. Para juntar la plata del pasaje se habían ido a Barcelona donde mi abuela era matrona, le vendía la leche de mi papá a gente de alcurnia. Una anécdota familiar es que terminó dando de amamantar a uno de los hijos de los Románov, que habían escapado de Rusia. Ellos los ayudaron con la plata del pasaje. Más tarde, cuando mi abuelo volvió a España a buscar a sus hijos, ya en la posguerra, le dijeron ‘no estuviste en la guerra’ y lo dejaron adentro. Perdió así los pasajes para traer a sus hijos a la Argentina, y otra vez a juntar la plata, lo que demandó unos cuatro o cinco años. Tiempo después, en el 55, se hacen cargo de la Vicente López, y ahí empezaron a traer a toda su familia de España a trabajar acá.”

“Yo vivía a cuatro cuadras y tenía el colegio a otras cuatro. Salía del colegio y venía a la panadería, porque sino a mis viejos ni los veía. Todo se hizo con mucho esfuerzo. Mis viejos se iban a las seis de la mañana a trabajar y volvían a la nueve de la noche. En esa época, la panadería cerraba al mediodía y me acuerdo que muchas veces venía del colegio a comer acá: había una mesa grande que se armaba, en la que comía todo el personal. Eran unas 30 personas y parecía la mesa de Mirtha Legrand, con mi vieja sentada en la punta. Recuerdo que yo horneaba medialunas y mi hermano, que es más grande, pasó por todas las tareas de la panadería. Todo eso nos generó una cultura de trabajo importantísima, que nos inculcaron los inmigrantes y que hoy seguimos teniendo.”

“Cuando mi hermano, que ahora ya está jubilado, se hizo cargo de la confitería, la puso en el nivel que está hoy, que incluso tiene tres sucursales. Tras la muerte de mi papá, que falleció en un asalto, yo me fui a vivir a Santa Fe porque así como la panadería me traía muchas cosas lindas también me traía muchos recuerdos lastimosos. Al tiempo, mi hermano me dice: ‘Por qué no ponés algo en la esquina [al lado de la panadería], que está vacía’. Era un momento en que casi todas las panaderías estaban empezando a incorporar servicio de cafetería. Entonces pensé en abrir una cafetería, un barcito.”

“Arrancamos la obra en febrero de 2001, inauguramos el 6 de agosto y en diciembre de 2001 fue la hecatombe total. Aún así la cafetería fue un éxito y luego se convirtió en restaurante. Yo quería abrir un barcito, nada más. Pero nos pasó por arriba. El hecho de que la panadería haya estado durante décadas en la familia y que incluso nosotros fuéramos vecinos hizo que la gente viniera con una exigencia total.”

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