Un análisis de las figuras clave en la sombra de Donald Trump y el impacto de su estilo de liderazgo, desde la política exterior basada en acuerdos hasta el lenguaje polarizante que marca la agenda política estadounidense.
Supongamos, solo a efectos de razonamiento, que el “segundo hombre” debajo de Donald Trump fuera Stephen Miller, Steve Witkoff, Dan Scavino, J. D. Vance, Donald Trump Jr. o Jared Kushner. ¿Quién sería entonces el “tercer hombre”, con acceso directo al primero, pero operando en las sombras? La referencia a la película El tercer hombre (1949), obra maestra del cine negro dirigida por Carol Reed con guion de Graham Greene, evoca temas de traición, ambigüedad moral y pérdida de inocencia en un mundo devastado por la guerra.
Entre los numerosos sintagmas asociados a Donald Trump, dos destacan: “política exterior transaccional” y “retórica inflamatoria”. El primero describe un estilo diplomático que prioriza el beneficio inmediato de Estados Unidos en cada negociación, por encima de valores o alianzas históricas. Ejemplos de ello son las amenazas de no defender a miembros de la OTAN que no cumplan con el gasto militar, la renegociación del T-MEC con Canadá y México, y la salida del Acuerdo de París sobre cambio climático. Keith Kellogg, enviado especial de Trump para Ucrania y Rusia, afirmó que el presidente “aborda la diplomacia de manera muy transaccional, con la economía como base de las relaciones internacionales”.
En cuanto a la retórica inflamatoria, especialistas como Robert Pape (Universidad de Chicago) señalan que el lenguaje violento contribuye a la polarización extrema y normaliza la violencia política. James Piazza (Universidad de Pensilvania) agrega que presentar al adversario como “existencialmente peligroso” erosiona las normas éticas y jurídicas. Frases como “baño de sangre” o “enemigos del pueblo” siguen patrones históricos asociados al fascismo, según Timothy Snyder (Yale), mientras Bruce Hoffman (Georgetown) habla de un extremismo “nihilista” que trasciende ideologías. La declaración de la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt —“Como dijo el presidente, esta violencia política tiene que terminar”— resulta insuficiente ante el efecto ambiental de dicha retórica, que contribuye a la desinhibición de individuos frustrados, según Jacob Ware (Council on Foreign Relations).
En 2001, la actriz Sharon Stone sobrevivió a un ictus con apenas un 1 % de probabilidades de recuperación. Relató que muchas personas a su alrededor adoptaron una actitud “transaccional”, aprovechando su vulnerabilidad. Trump, por su parte, declaró: “Saqué sobresaliente en tres pruebas cognitivas, no creo que Obama las aprobara…”. En 1945, Elie Wiesel fue liberado de Buchenwald y recordó que el responsable de su barracón le dijo: “Cada uno debe luchar por sí mismo y no pensar en los demás”. Stone sostiene que alimentar la amargura nunca abandona, pero mantener la fe permite sobrevivir. Wiesel escribió que el opuesto del amor no es el odio, sino la indiferencia, y dedicó su vida a transformar la experiencia del Holocausto en un llamado universal contra la violencia y la intolerancia.
